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Una vez más la justicia, que lentamente pero sin pausa va haciendo su camino, ha vuelto a devolver a la realidad al Sr. Romeva y al gobierno de la Generalitat en relación al engendro inventado de la Consellería d’Afers Exteriors equivalente al Ministerio de Asuntos Exteriores. El flamante conseller que se había ya autodenominado ministro paseaba su palmito por medio mundo sin que nadie le reconociera ni hiciera caso, entregando tarjetas a troche y moche en representación de un cargo que no existe de un Estado que tampoco existe con unas competencias que no tiene para ejercer acciones que no puede, pero eso sí, gastando dinero a espuertas de todos los catalanes y por tanto de los españoles.


Resolución 1/XI del Parlamento de Cataluña, de 9 de noviembre de 2015 sobre el inicio del proceso político en Cataluña como consecuencia de los resultados electorales del 27 de septiembre de 2015

"Segundo: El Parlamento de Cataluña declara solemnemente el inicio del proceso creación de un Estado catalán en forma de república.
(...)
Cuarto: El Parlamento de Cataluña insta al futuro Gobierno a adoptar las medidas necesarias para hacer efectivas estas declaraciones"

Sentencia 259/2015, de 2 de diciembre del Tribunal Constitucional


Societat Civil Catalana cambia el día del acto España suena bien. La entidad lo celebrará el próximo domingo, día 16 de octubre, y no lo hará mañana, día 12 de octubre, tal y como estaba previsto, debido a la previsión de lluvia.

El acto se realizará en el Parc Can Dragó de Nou Barris, Barcelona, a las 17:00h.

Entre las 18:00h y las 18:30h, la entidad habilitará una zona para que los partidos políticos que lo consideren oportuno atiendan a los medios de comunicación.

A partir de las 18:30h, se realizarán los parlamentos del acto, donde intervendrá el presidente de la asociación, Rafael Arenas, entre otros.


Los sondeos de la Universidad del País Vasco, el Euskobarómetro, confirman una pronunciada tendencia a la baja de quienes persiguen la secesión. Del 41% en 1995, al 37% en 2000, hasta el actual 24% frente a un 63% de los ciudadanos que, por el contrario, tienen poco o ningún deseo secesionista. El independentismo está en mínimos históricos. Durante décadas, sin embargo, tanto el nacionalismo vasco como una parte de la izquierda española insistían en la existencia de un “conflicto político” que solo podría resolverse mediante el ejercicio de la autodeterminación. Visto en perspectiva, qué lejos queda hoy el desafío soberanista encabezado por Juan José Ibarretxe.


Hace muchos años, cuando la televisión era más pobre en oferta y rica en contenido cultural pues no había más, en un programa diario, creo recordar que llevaba por título'Tengo un libro en las manos', Joaquín Soler Serrano, el presentador conductor, enseñó a mucha gente con sus análisis y comentarios a acariciar sus tapas, descubrir la seducción de pasar las páginas, hacer volar la imaginación con la lectura amando y respetando ese objeto como fuente de sabiduría y transmisión de la cultura del hombre. No importaba la temática puesto que tan solo bebiendo en las fuentes de la escritura se hallaba la cultura y la historia del hombre desde que aprendió a dejar constancia escrita del conocimiento.


El pasado 5 de marzo se iniciaba en Vilanova i la Geltrú la campaña de Societat Civil Catalana 'Nuestros símbolos, nuestros derechos', dirigida a reclamar la presencia en los ayuntamientos y demás administraciones de Cataluña las banderas española y europea. Se trata de una campaña que combinará peticiones populares, el impulso de mociones que exijan la reposición de las enseñas que han sido retiradas en algunos edificios públicos de esta Comunidad, y la convocatoria de concentraciones ciudadanas.

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El resultado de las elecciones catalanas del pasado 27 de septiembre no solamente acabó forzando la salida de Artur Mas de la Generalitat, sino que ha situado a Junts pel Sí y la CUP ante una grave contradicción argumental que los demócratas no deberíamos dejar de subrayar.

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Hacer política desde la sociedad civil no encuadrada en un plan prestablecido te da una visión privilegiada y, muchas veces, ingenua de la realidad. Bien es cierto que de vez en cuando alguien se te acerca y te susurra al oído: «Algo huele a podrido en Cataluña»; pero quienes, como yo, creemos profundamente en la democracia, pasando por la formalidad «rawlsiana», la deontología kantiana y acabando en el utilitarismo humanista de Mill, nos solemos tomar esos comentarios como bienintencionadas exageraciones, como algo inconcebible en una democracia moderna, donde las libertades del ciudadano son algo tan sustancial al sistema democrático que nadie, por muy convencido que esté, por muy ideologizado que sea, nunca entrará en la «sagrada esfera privada» del individuo.


Hagamos un ejercicio que podría ser tachado de excéntrico, atípico y casi revolucionario. Tras las elecciones generales del 20-D y vistas las alternativas capaces, o no, de conformar Gobierno, respondamos a una pregunta: ¿qué es lo que más conviene a España y a los españoles? Acaso este sea un planteamiento insólito, tanto como lo es el riesgo de que la sociedad española agudice su anomia, su deslizamiento hacia un desgobierno que alimente las tendencias centrífugas y populistas de nuestro sistema político.


Tengo la sensación de que el debate sobre las ventajas o riesgos de la secesión se ha agotado después de tres años de hablar ampliamente. Se ha agotado no tanto la posibilidad de seguir argumentando como las ganas de todos de seguir haciéndolo. Básicamente porque la sensación que sobrevuela es que estamos en un debate infinito y circular. Como la hipótesis de la separación se ha alejado a medio plazo por los resultados electorales del pasado 27-S, seguir debatiendo sobre los costes o beneficios de este escenario ha perdido interés.
 

 

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