CA EN ES
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8 de octubre de 2022
«8-O: el día que noqueó al régimen nacionalista», por Elda Mata Miró-Sans  

EL MUNDO

El referéndum ilegal del 1 de octubre de 2017 culminó la división de la sociedad catalana en dos bloques todavía hoy irreconciliables. Tras años de deslealtad institucional y provocaciones que alcanzaron su cénit con la aprobación, los días 6 y 7 de septiembre, de las denominadas leyes de desconexión, aquel día la convivencia se quebró y Cataluña se partió en dos. Cientos de miles de catalanes, despojados de sus derechos y libertades fundamentales durante décadas, ese día sintieron más miedo, más impotencia, más incertidumbre. Mientras, otros cientos de miles celebraban la caída del Estado de Derecho y se apoderaban de los espacios públicos con el beneplácito de unas instituciones -el Parlament y la Generalitat- extasiadas por el ruido de su propia mascarada.

El Gobierno de España, desbordado por un error de cálculo, ignoró las advertencias de quienes llevaban años tomándole el pulso al separatismo y confió en los maestros del engaño y la manipulación a los que incluyó en el dispositivo para impedir el referéndum ilegal. Un referéndum ilegal preparado minuciosamente con el fin de causar el máximo daño posible a la imagen internacional de España y, de este modo, minar la fortaleza del Estado y que sucumbiera al chantaje nacionalista. El gobierno nacionalista sabía que, aun habiendo llegado a aquel momento gracias a un farol, se lo jugaba todo a una carta: el reconocimiento internacional por parte de algún estado por irrelevante que fuera en el tablero mundial.

El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, desafiaba al Estado con una inminente declaración unilateral de independencia. Millones de catalanes se sintieron amenazados por las instituciones autonómicas y estaban a la espera de una respuesta contundente y ejemplar por parte del Gobierno y de la oposición. Millones de españoles no daban crédito a lo que estaba pasando en Cataluña, una parte querida y admirada de la democrática España. Todos contemplaban cómo el dinero salía de Cataluña, se vaciaban los depósitos bancarios y cientos -después fueron miles- de empresas, algunas de ellas emblemáticas, trasladaban su sede social a otras comunidades autónomas.

Nadie fue consciente del impacto emocional que aquella ruptura con la legalidad y el marco constitucional estaba teniendo en más de la mitad de la población de Cataluña. En cuántas familias el precipicio se advierte tan cercano y la sensación de abandono es tan palpable que se empieza a debatir abiertamente si ha llegado el momento de abandonar Cataluña. Los catalanes que son y quieren seguir siendo españoles se preguntan si se convertirán en un daño colateral, si alguien es capaz de entender cómo en pleno siglo XXI, y en el marco de la Unión Europea, sus derechos de ciudadanía estén siendo pisoteados bajo el foco fijo de cientos de corresponsales extranjeros que han sucumbido a la falsedad del relato separatista.

A principios de septiembre los partidos políticos desoyeron el dramático llamamiento de Societat Civil Catalana a manifestarse para tratar de impedir lo que la entidad percibía como un colosal desastre. Finalmente, el 2 de octubre, SCC decide que no puede permanecer impasible ante el levantamiento contra el orden constitucional y llama a los catalanes a expresar su hartazgo en una manifestación convocada para el 8 de octubre bajo el lema “¡Basta! Recuperemos la sensatez”. Poco podíamos imaginar entonces hasta qué punto aquella movilización cambiaría para siempre el relato nacionalista sobre una Cataluña irremediablemente soberanista y libre de cualquier vínculo o sentimiento de pertenencia al proyecto común español.

Providencialmente la noche del 3 de octubre S. M. el Rey Felipe VI dirige un mensaje televisado a los españoles, especialmente a todos los que viven en Cataluña. Su discurso, de apenas seis minutos, sacude a la sociedad catalana e impacta, por su claridad, en el ámbito nacional e internacional. Además de señalar sin concesiones a las autoridades catalanas, de denunciar la fractura social y de erigirse como garante de la convivencia, la democracia y la unidad de España, Felipe VI logra conectar emocionalmente con aquellos catalanes que, por sentirse también españoles, habían sido expulsados de la vida pública bajo amenaza de muerte civil: «Sé muy bien que en Cataluña hay mucha preocupación y gran inquietud con la conducta de las autoridades autonómicas. A quienes así lo sienten, les digo que no están solos, ni lo estarán, que tienen todo el apoyo y la solidaridad del resto de los españoles”.

Aquel discurso lo cambió todo. Los otros catalanes, los relegados por el propio Govern a la categoría de ciudadanos de segunda -los malos catalanes-, atisbamos al fin un rayo de esperanza. Tal vez ni estábamos solos ni éramos tan pocos como las encuestas del CEO nos querían hacían creer.  Nos dimos cuenta nosotros. También se dieron cuenta los que nos subestimaron, los que querían separarnos del resto España.

Los días previos al 8 de octubre algo empezó a moverse en la sociedad catalana; una agitación impaciente que se notaba en el ambiente. El silencio de los corderos se resquebrajaba. Ocurrió lo impensable: por primera vez, una manifestación convocada por la sociedad civil fue secundada por el constitucionalismo en pleno y de forma transversal, por encima de ideologías y de cálculos electoralistas.

Las expectativas eran razonablemente alentadoras, pero nadie podía prever lo que iba a ocurrir en las calles de Barcelona ese 8 de octubre de 2017. Un millón de personas colapsaron el centro de la ciudad para expresar su hartazgo, exigir el fin del procés y reivindicar la unidad de España. La denominada mayoría silenciosa hacía historia y mostraba al mundo que la Cataluña real es infinitamente más plural, diversa, respetuosa y digna que la clase política que la había gobernado durante décadas. Las miles de banderas catalanas, españolas y europeas ondeando al ritmo de las palabras de Mario Vargas Llosa o de Josep Borrell forman ya parte de la memoria colectiva. De la historia reciente de Cataluña, de España. 

El poderoso despertar de los catalanes silenciados no solo fue una advertencia; noqueó al régimen nacionalista y marcó un punto de inflexión. El relato de una única Cataluña antiespañola y monolingüe se desmoronaba bajo la atenta mirada de las televisiones de todo el mundo. El victimismo fundamentado en el “España nos roba” o en los 1.000 heridos imaginarios del referéndum ilegal del 1 de octubre, quedaba en evidencia ante una multitud que coreaba al Rey, a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y a los símbolos del País. Un millón de personas proclamando su sentimiento catalán y español, así como su derecho a expresarlo libremente, deberían haberlo cambiado todo.

Es inexcusable que no haya sido así. Se daba por supuesto el empecinamiento de los partidos nacionalistas en continuar manteniendo la quimera que han convertido en su lucrativo modus vivendi.  Lo que resulta incomprensible y absolutamente reprobable es que cinco años después de aquella manifestación se continúe utilizando a los catalanes como moneda de cambio de una obscena geometría parlamentaria que consiste en pactar en Madrid con quienes no respetan la ley ni los derechos de los ciudadanos en Cataluña y proclaman con soberbia impunidad “ho tornarem a fer”. Los sucesivos gobiernos de España han hecho dejación de su responsabilidad contribuyendo al sufrimiento de cientos de miles de catalanes víctimas de abusos y atropellos a manos de un Govern que considera que la obligada neutralidad institucional no le concierne.

La manifestación del 8 de Octubre demostró que es posible una sociedad libre de totalitarismos si los ciudadanos leales a la Constitución avanzamos unidos y los partidos políticos se comprometen a no pactar con quienes quieren romper España desde las propias instituciones. Como ha hecho desde su fundación Societat Civil Catalana se ofrece como espacio común de encuentro y diálogo entre las fuerzas constitucionalistas porque estamos convencidos de que compartimos objetivos: poner fin al régimen nacionalista y revertir la situación de decadencia de Cataluña. Es imprescindible. Es posible. Lo sabemos desde aquella histórica manifestación que tuvo lugar hoy, hace cinco años.

Elda Mata Miró-Sans

Presidenta de Societat Civil Catalana

EL MUNDO: 8-O: el día que noqueó al régimen nacionalista

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